7 nov. 2012

Entre sapos y lobos


Cuando somos niñas pasamos por una época en la que los niños nos caen mal, nos tiran del pelo, nos suben la falda, se meten con nosotras porque no jugamos al balón o simplemente porque a ellos tampoco les caemos bien.

Nunca vamos a tener novio porque no nos gustan los chicos, son tontos y brutos.

El curso siguiente, llega a clase un niño nuevo, que probablemente no sea del agrado de nuestras madres y, por tanto, empiece a serlo del nuestro.

Llenamos nuestras carpetas con sus iniciales y el número de corazones que ponemos alrededor de su nombre es proporcional al número de compañeras a las que gusta y al número de veces que le llaman la atención en clase.

Mitificamos las relaciones de pareja desde pequeñas con historias de caballeros andantes o a galope que te llevan a sus castillos de luz y color entre corazones y besos, cuando a la gran mayoría de nosotras el que nos gustaba era el rebelde. Y es que todas, en menor o mayor medida, hemos tenido un Danny Zuko  (*Grease).

Pasan los años, Danny pasa de moda y ahora nuestro príncipe se acerca más a Edward Lewis (Pretty Woman). No es que nos sintamos putas y tampoco es que necesitemos que nos hagan la pelota por una Visa en Rodeo Drive; todo es por aquella última escena en la que el llega con el ramo de flores a rescatarla de su apartamento luchando heroicamente contra el miedo a las alturas.

Y a las que no nos gustaba tanto la ostentación de la limusina y la opera, teníamos a Johnny Castle (Dirty Dancing) como patrón de hombre  que queríamos en nuestra vida; un rebelde que no dudaría en enfrentarse a nuestra familia si fuera preciso con tal de que no nos arrinconase nadie.

Y así, cada una de nosotras vamos besando príncipes que se convierten en sapos, sapos que se convierten en príncipes pero que nos besan a nosotras y nos convertimos en ranas…y vamos acumulamos besos, sapos, charcas, príncipes y lobos que nos ayudan a mejorar y a desmitificar escenas, frases y películas completas que descubrimos que su final se debe a estar incompleta.

Transcurre el tiempo y vamos escribiendo nuestro propio guion que, al pararnos un momento a leerlo, nos damos cuenta de que es mejor que ninguna película facilona y cargada de clichés románticos.

No necesitamos la perfección, porque no es útil ni real y con el tiempo lo que nos emociona deja de ser los edulcorado para empezar a ser lo autentico.

Si hoy yo tuviese que casarme, no pediría para mi relación perdices ni sabanas de seda, no querría lunas de miel, tan solo lunas; ni necesitaría promesas que hoy son reales pero que mañana nadie sabe.

Si hoy tuviese que casarme lo haría con condiciones:

1-  En primer lugar, empezaremos por no engañarnos. Y para ello, quitaremos la palabra SIEMPRE de toda oración y documento que hable de ti y de mí como pareja. La cambiaremos por: mientras yo te quiera y/o tú me quieras.

Y comenzaremos a hacerlo el día de la boda. Nada de promesas que no sabemos si cumpliremos. No vamos a querernos siempre, lo haremos hasta que dejemos hacerlo, y si llega ese día, nos lo comunicaremos.

2- No olvidaremos nuestra individualidad. Estar casados no implica ser  cadena y grillete. Ambos tenemos vidas antes de nosotros y ambos hemos de seguir teniéndola.

Por lo que, los huecos los sacaremos para estar juntos y no para despejarnos el uno del otro; ya que es mejor dos horas deseando que lleguen que todo un día esperando que acabe.

3- No nos reprocharemos actitudes o costumbres que existían desde el primer día, ya que no nos queremos por ser perfectos, sino a pesar de nuestras imperfecciones.

4- El trabajo, los amigos, los hobbies...no tienen por qué ser algo común, por lo que no se ha de forzar que lo sea ni se ha de tener que esperar la aprobación del otro.

Mi trabajo y amigos son míos. Y no han de gustarte a ti, solo a mí. Y VICEVERSA.

5- Si odias planchar y yo cocinar...yo plancho y tu cocinas. EQUILIBRIO.

6- Tú trabajas, yo trabajo...por lo que pedir permiso para tener caprichos es triste, absurdo e ilógico cuando se puede.

7- No nos haremos nada que no nos gustaría que nos hiciesen a nosotros y, si tenemos la necesidad de hacerlo, primero avisaremos. De esa forma lo haremos sin remordimientos y siendo fieles a nosotros mismos.

8- El día que dejemos de querernos, intentaremos recordar el por qué nos casamos y primará sobre el por qué nos separamos. De esa manera...habrá valido la pena.

9- Y para concluir...no creo en el matrimonio, pero si en la pareja. Al final todas las clausulas se resumen en:

10- Jamás haría daño a propósito a nadie a quien quiero y me caso contigo porque sé que tu tampoco lo harías, porque somos igual de honestos para decirnos "sí, quiero" que para decirnos "se acabo", pero ante todo nos respetamos y eso implica que algunas cosas tuyas no me gusten y viceversa pero en la balanza, hoy, sigue ganando por mucho todo lo tuyo que me completa.