3 oct. 2012

Simplificando la autotragedia


Todo lo malo que nos ocurre nos ayudar a valorar lo bueno que viene.

Una visión optimista de los problemas, válida para alguno y frívola para otros tanto.

Cierto es que hay situaciones que no podemos controlar, que no dependen de nosotros y vienen, en el momento más inoportuno el cual es SIEMPRE ya que no tenemos un avisador de todo lo que nos rodea.

Y cuando llegan, cada uno los asumimos como mejor podemos, sabemos o queremos. Los afrontamos, huimos de ellos, nos enfadamos con el mundo y todo el que está en él, con Dios, con Buda, con familiares y/o amigos; los asumimos,  nos resignamos, nos enfrentamos a la nueva situación... Todas son soluciones aptas.

Pero, en ocasiones, nos gusta rizar el rizo y buscar conflictos donde tan solo hay diferencias de opiniones, inseguridades, miedos o un mal día.

Durante minutos, horas o días somos los reyes de la tragedia y el melodrama.

  •           Suspendí el examen cuando contesté exactamente igual que aquel que aprobó.
  •           Le han subido el sueldo a aquel que lleva dos años menos en la empresa.
  •           No me manda los mismos mensajes que hace dos semanas.
  •           Mi hermano mayor habla conmigo cada 3 semanas y con el menor cada 2.
  •           Se me ha roto el coche justo cuando más lo necesitaba.
  •           No me llama, no me llama, no me llama…

Ante cualquiera de estas situaciones podemos llegar a hacer una película de serie B cuyo argumento sería una conjura del mundo contra uno mismo:

  •           Suspendí injustamente
  •           Seguro es familiar de alguien de RRHH, o más propio, seguro que se acuesta con el/la jefe/a.
  •           Hay otra.
  •           No me quiere tanto.
  •           Me han echado un mal de ojo. Soy un desgraciado.
  •           Sigue habiendo otra.

Y así día tras día, año tras año, sacando nuestras propias conclusiones y sintiéndonos victimas de nuestra propia vida y haciéndola girar en torno a una realidad virtual que nos hace sentir, a priori, aliviados.

No aprendemos absolutamente nada, pero estamos increíblemente satisfechos con la idea de que todas esas pequeñeces son fruto de la falta de comprensión que hay hacia nosotros.

Existe un proverbio árabe que dice: Si un hombre te dice que pareces un camello, no le hagas caso; si te lo dicen dos, mírate al espejo.

Reconocer errores propios no es sencillo pero ver en toda “diferencia” un complot contra nuestra persona no es sano ni para nosotros ni para nuestro entorno.

Puede que si dejamos de echar balones fuera aprendamos a superarnos,  a reconocer nuestros tropiezos, a no perder el tiempo esperando, a ser resolutivos, a dar importancia solo a lo importante.

Puede que si dejamos de echar balones fuera el punto de vista cambie:
  •           Suspendí porque no me debí aplicar lo suficiente.
  •           Le han subido el sueldo porque se lo ha ganado.
  •           No me manda los mismos mensajes porque está más ocupado.
  •           Mi hermano habla menos conmigo porque siempre he sido más independiente.
  •           Ya estaba tardando en estropearse el coche! Demasiado que me ha aguantado 300.00 km.
  •           No me llama. Luego le llamaré.

Puede que esta no sea la fórmula adecuada, pero quita piedras del camino. Y a fin de cuentas, la meta es solo una sucesión de pasos, y sin obstáculos absurdos se llega antes.

Lo único que nos queda es simplificar y dejarse llevar.